―¿De qué son tus tatuajes?
Él me mira, girando su cuerpo y levantando su brazo sobre la cabeza para que yo pueda ver las marcas.
―Son nudos celtas.
―¿Qué significan?
―No es nada ―dice con voz ronca, ocupándose al abrir la nevera, que me doy cuenta está casi vacía, y tomando una cerveza.
―Vamos ―lo pincho, con curiosidad por saber por qué de repente evita la cuestión cuando ha estado tan próximo en toda la noche. Me tiende una cerveza y yo sacudo mi cabeza, rechazando su oferta―. No pareces ser el tipo de persona que se marca de forma permanente sin tener una razón o con tatuajes con un significado específico.
Me apoyo contra el mostrador con mi camisa y las bragas mientras toma de un tirón su cerveza, sus ojos encontrándose con los míos sobre el fondo de la botella. Los desliza a lo largo de mis piernas desnudas y de vuelta a la seguridad de mis ojos.
―Los nudos significan cosas diferentes. ―Levanta su brazo otra vez para mostrarme mientras me muevo cerca de él. Señala el primero justo debajo de la axila―. Este significa superar algún tipo de adversidad en la vida ―se traslada a la siguiente―. Este es el símbolo de la aceptación. Este es para la curación, y el inferior es de la venganza. ―Mira hacia arriba poco a poco, la oscuridad de sus ojos mientras se traban en los míos, esperando mi reacción. Esperando a que haga
la pregunta obvia de por qué necesita la aceptación, la curación y la venganza. Estamos en silencio hasta que suspira, sacudiendo la cabeza hacia mí, la incredulidad en su rostro porque él ha dicho mucho.
Doy un paso hacia él, llegando tentativamente, y corro mis dedos por los cuatro símbolos en su cuerpo, sus significados resonando en mí, que me dicen que de alguna manera son marcas de su historia pasada y en la que se encuentra, en su estado actual de tratar con ello. Su cuerpo se estremece en mi tacto.
―Te favorecen ―susurro, tratando de transmitirle que entiendo esta gama de emociones―. ¿Te hiciste todos a la vez? ¿Por qué los tres colores y no el cuarto?
Se encoge de hombros lejos de mí, tomando otro sorbo de su cerveza.
―No.
Eso es todo lo que me da y su tono me dice que no hay mayor discusión sobre esta cuestión. ¿Se hizo cada uno de ellos según iba cerrando su pasado? Si es así, la venganza me tiene un poco más curiosa.
―¿Eres irlandés, entonces?
―Así dice papá.
Sr. Próxima.
Supongo que estaba hablando de él durante la noche. El cambio teórico ha sido de un tirón, y estoy tratando de volver a ponerme al día con sus cambios de humor mercuriales. ¿Y ahora qué? ¿Me regreso a casa? ¿Me quedo por la noche? ¿Me pido un taxi? Inquieta por lo desconocido, recojo mis pantalones y tiro de ellos, tratando de parecer coordinada mientras mi tobillo se ve atrapado en el lazo. Puedo sentir el calor de su mirada mientras me observa, aunque no me atrevo a mirar hacia arriba, la vergüenza eminente.
―Así que, Pedro... ―miro hacia arriba cuando termino de abotonar mis jeans para ver que me estaba mirando como había pensado, con una sonrisa divertida en el rostro y las cejas levantadas. Él puede tener experiencia en el protocolo de este tipo de cosas, pero estoy segura de que yo no. Mis mejillas se llenan de rubor.
Busco algo de qué hablar, algo que vaya a disminuir mi ansiedad, hasta que me dé algún tipo de idea sobre qué o donde iré desde aquí―. Los muchachos están muy ansiosos de ir a la pista cuando pruebes el auto. ―Él resopla, su cabeza balanceándose adelante y atrás antes de que ahogue una risa―. ¿Qué? ―pregunto confundida por su reacción a mi comentario al parecer no divertido.
―Todo negocios ahora, ¿verdad? ―Lo miro cuidadosamente a medida que camina hacia mí, precavida por la mirada depredadora en sus ojos―. ¿Cómo es que hace diez minutos estabas desnuda y sumisa debajo de mí y ahora estás nerviosa e incómoda simplemente por estar en el mismo espacio que yo? ―Probablemente porque dominas cualquier espacio que ocupas. Él llega a tirar de uno de mis rizos. Sus ojos esmeraldas se oscurecen mientras me mira.
―¿Soy tan gran horror de chico, Paula?
Mierda. Tengo que trabajar más duro para no llevar mis emociones en mi cara.
―No estoy nerviosa. ―Mi respuesta contundente sobre lo ocurrido en la habitación delata todo lo contrario.
―Oh, Paula, no es exactamente amable mentir cuando algo de mí sigue en ti.
Mi rubor se oscurece. Bueno, cuando lo pone de esa manera...
―No estoy mintiendo. Sólo quería… ah… uh, obtener las fechas para poder decírselas a los chicos.
Levanta las cejas, una sonrisa de complicidad en los labios. Yo soy una mentirosa horrible, y sé que él puede ver a través de mí.
―Qué momento oportuno para preguntar ―él sonríe―. Bueno ―extiende y ahueca mi cuello, poniéndome un tierno beso en los labios―, mi agenda está en casa. Te mandaré un texto con las fechas.
Abro los ojos en su beso mientras sus palabras entran en mi cabeza. ¿Qué? Siento su cuerpo tensarse una vez que se ha dado cuenta de lo que ha dicho. ¿Me he perdido de algo? Entrecierro mis ojos hacia él y da un paso cauteloso detrás de mí. La expresión de su cara es indiscernible.
―¿No es esta tu casa? ―Niego con la cabeza―. ¿Qué me estoy perdiendo aquí?
Pedro se pasa la mano por el pelo, exhalando con fuerza.
―Es mi lugar. Sólo no me quedo aquí a menudo.
Su expresión está protegida, la tensión en las líneas alrededor de su boca. Su inquietud me inquieta.
―Oh. Está bien. ¿Dónde más te...? ―Y entonces eso me golpea. La tecla equivocada en la puerta. La torpeza con el código de alarma. La incapacidad de encontrar algo en los armarios de la cocina. La nevera vacía. Pedro diciendo que no debería haberme traído aquí. ¿Cómo pude ser tan ingenua? Levanto mis ojos para encontrarme con los de Pedro y él sabe que yo lo sé. La expresión de su cara lo dice todo. Yo trato de tragar el nudo en mi garganta―. Así que este es tu lugar, pero no exactamente dónde vives ―digo suavemente cada palabra―. Es a donde traes a todas tus citas, escoltas, o como sea que las llames, para joder ―me ahogo en la última palabra―. ¿Cierto?
―Esto no es eso ―su voz es reticente. Arrepentida.
Resoplo ante su respuesta.
―Entonces, ¿qué diablos es esto, Pedro? Creo que necesito un poco de claridad aquí ya que todavía tengo algo de ti en mí, como tan amablemente has señalado. ¿Te refieres a la casa o es una definición de ti y mí?
Él sólo se me queda mirando. Los ojos verdes brillando como los de un cachorrito herido.
―Tú y yo ―respira.
Salgo de la cocina, rodando los hombros, necesitando un poco de espacio de él. De esa mirada en sus ojos. ¿Por qué coño me siento culpable por la mirada en sus ojos cuando no he hecho nada malo? ¡Ugh! Esto es una mierda. Salgo a la habitación familiar, no queriendo que él vea las lágrimas de dolor que inundan mis ojos. Rápidamente las seco con el dorso de mi mano mientras me centro en la pintura, un lavado de colores, por encima de su chimenea.
―¿Esto no es eso? Entonces dime lo que tengo que pensar. Me dices que no haces amigas, sólo haces arreglos. ¿Es aquí donde los arreglos se reúnen para un buen rato?
―Paula. ―Mi nombre es una sola palabra de súplica en sus labios. Y él está justo detrás de mí. Yo no lo había oído seguirme, pensando muy fuerte en mi cabeza―. Sigo enganchado contigo ―murmura para sí mismo.
―Tienes toda la maldita razón en que lo haces. ―Me doy la vuelta para mirarlo―. ¿Qué? ¿Te gusto lo suficiente como para cogerme, pero no lo suficiente como para quedarte o llevarme a tu casa de verdad? ¡Increíble! ―Me enfado con él, mi ego en su punto más bajo. ¿De verdad cree que estaría de acuerdo con esto? Justo cuando creo que me es posible dar ese paso sobre la línea en la arena, pasar de Max, me hace saltar hacia atrás como si una serpiente me hubiera mordido.
¡Bastardo!
―Tal vez deberías explicarme un poco más acerca de tu puesta en marcha aquí. Hazme entender la mierda que hay en tu cabeza. ―¿Por qué estoy incluso preguntando? No es como si realmente quisiera saber los detalles sobre sus asuntos sórdidos. Conocer qué más sucede aquí en el mostrador de la cocina―. Quiero decir, si eso es todo lo que soy para ti, entonces yo por lo menos merezco saber lo que esperas de mí. Mi protocolo.
Mis palabras gotean ira con sarcasmo atado. Cruzo los brazos sobre el pecho, una forma inútil de protegerme de él.
―¿Pau? Yo… uh... ―Puedo ver la pena en sus ojos, en lo encorvado de su postura. Él me mira en silencio durante unos momentos, una lucha interna en guerra detrás de su fachada―. Paula, esto no es lo que había planeado para mí. Para nosotros. ―Hace una pausa, sus ojos flotando por la emoción―. Tú. ¿Qué eres? ¿Qué somos? Me asustas como la mierda.
¡Whoa! ¿Qué? Las palabras de Lina vuelven a mí en un apuro. Quiero fundirme en sus palabras, al saber que le afecto mucho, pero una parte de mí se siente como que estoy siendo engañada aquí. Una fácil excusa para sus acciones. Dime lo que quiero oír para que eso me devuelva a tu cama, crisis evitada, y luego déjame caer
en la primera oportunidad que tengas. Él odia el teatro y yo he causado un poco de eso. No voy a dejarme engañar por el jugador principal.
―¿Te asusto? Mierda, Pedro, acabo de dejarte atarme, vendarme los ojos, y estar conmigo en la cocina. Un hombre que sólo he conocido durante dos semanas, ¡cuando sólo he estado con otra persona antes! ¿Y. Yo. Te. Asusto. A. Ti? ―Sus ojos se amplían, sorprendidos por mi admisión. Levanto mis manos exasperada, con ganas de seguir adelante antes de tener que abordar el pequeño hecho acerca de mí misma que acabo de dejar escapar―. Me dijiste en la playa esa noche que estableces directrices, mitigas promesas para el futuro o alguna mierda así... ¿dime, Pedro, lo haces antes o después de que las traes aquí? ―Estoy en un rollo aquí, la ira y la humillación alimentando mi fuego. Él sólo se me queda mirando, los ojos muy abiertos, los brazos colgando sin fuerzas a los costados―. Vamos. Puesto que no tienes la cortesía de antemano para hacerme saber en qué me estaba metiendo, creo que deberías decirme al menos ahora.
―Paula, eso no es lo que está…
―Estoy esperando, Pedro. ―Yo misma bajo hasta el borde del sofá de cuero color camel, cruzando los brazos sobre el pecho. Creo que voy a tener que estar sentada para esto―. ¿Cómo haces tus arreglos?
Suspira ruidosamente, pasándose la mano por la mandíbula, frotando los dos lados antes de mirar hacia mí. Finalmente habla, su voz por lo general resonante, suave y vacilante, como si tuviera miedo de decirme.
―Por lo general, quedo con alguien. Averiguamos si nos gustamos. ―Se encoge de hombros disculpándose―. Y entonces le digo que me gusta su compañía, pero yo sólo puedo darle un buen rato. Que me encantaría pasar más tiempo con ella, pero todo lo que puedo darle es un par de noches a la semana... que me encuentre aquí ―hace gestos en la habitación en la que estamos―, y pasaremos un buen rato.
No estoy segura de sí quiero escuchar su respuesta, ahora que la he obtenido.
―Continúa...
Él ladea la cabeza y me mira con atención, la persona tímida que había visto momentos antes poco a poco transformándose de nuevo en el hombre confiado que espero que sea.
―La primera vez que nos encontramos aquí ―me mira con cautela, sabiendo que estoy pensando que esta es mi primera vez aquí. ¿Fue este el plan inminente que había dispuesto para mí después de tenerme sobre el mostrador? Aprieto los labios, tratando de mantener mi cara enigmática. Asiento con la cabeza hacia él para que continúe, la ira desplegándose en mi vientre―. Bueno, la siento y le explico que quiero pasar tiempo con ella, pero que no hay felices para siempre. Nunca lo habrá. Y que si puede aceptar mis condiciones, mis necesidades, entonces me encantaría pasar tiempo con ella aquí, diciéndole que me acompañe a las funciones si es necesario, y le permitiría la notoriedad y las ventajas de estar conmigo, hasta que nuestro acuerdo corra, por supuesto.
Wow. Me toma un minuto procesar sus palabras. Hablando acerca de tomar la emoción fuera de la foto. Suena más como una transacción comercial. Él me mira fijamente, sin vergüenza ahora que tiene más estabilidad para hablar de algo sobre lo que está en control.
Lo miro con los ojos abiertos ampliamente.
―¿Esto realmente funciona para ti? ―farfullo, sorprendida―. ¿Por qué no contratas a un acompañante? Quiero decir, que eso es lo que realmente estás haciendo. ―Mi cabeza da vueltas con esta información y, sin embargo, la parte masoquista de mí quiere saber todos los detalles sangrientos. Quiere escuchar las palabras de modo que haga caso de la advertencia y camine lejos ilesa―. Alguien que se vea bonita en tu brazo y que puedas utilizar cuando mejor te convenga.
―No estoy de acuerdo ―dice Pedro con vehemencia, el acero en sus ojos―. No es así. Nunca cambio dinero por sexo, Paula. Nunca. Ya te lo he dicho una vez. No voy a decírtelo otra vez.
Como si él tuviera algún derecho a estar cabreado. Sólo me dijo que él espera que yo sea su mujercita obediente, feliz con los trozos que me arroja. Demasiados pensamientos corren por mi cabeza para formar una respuesta coherente e inteligente.
―¿Qué…? ―finalmente pregunto, tropezando con las palabras adecuadas―. Dices que tus acuerdos tienen reglas. ¿Te importa si pregunto cuáles son exactamente?
Tengo curiosidad. Estoy horrorizada. Estoy anonadada de que este sea el camino que ha elegido cuando puede, obviamente, tener a quien quiera.
Puedo sentir que está incómodo, avergonzado incluso para responder y este hecho me da un poco de esperanza. Esperanza de qué, sin embargo, no estoy muy segura.
―Sé que suena frío, pero me he dado cuenta de que si yo pongo todo en la mesa de antemano, se reducen al mínimo las complicaciones y disminuyen las expectativas a lo largo de la línea. De esta manera, entran a esto voluntariamente después de que saben lo establecido.
―¡Yo no! ―Le grito―. ¡No tuviste la cortesía de decirme!
Empieza a hablar, y yo levanto la mano para que se calle. Necesito un momento para pensar. Necesito un minuto para envolver mi cabeza en torno a sus ideales chiflados. Bajo mi cabeza, tragando con fuerza. ¿Es esto lo que yo soy para él? ¿Una complicación para ser atenuada?
Dios, el exceso de información es a veces una mala cosa. Yo mastico el interior de mi labio mientras pienso.
―¿Por qué no decir simplemente amigos con beneficios o compañeros de coger?
Irritación parpadea a través de sus ojos y se desplaza sin cesar, pasando los dedos por su pelo, descaradamente ignorando mi comentario.
―¿De verdad quieres saberlo, Paula? ¿Las estipulaciones? ―pregunta, hablando de mi pregunta original.
Asiento con la cabeza, mordiéndome el labio inferior, la preocupación yendo de ida a vuelta.
―Tengo curiosidad ―afirmo, en la parte de atrás de mi cabeza pensando que un psiquiatra tendría un día de campo con esta conversación―. Creo que estoy
tratando de entender esto. Tratando de entender. Tratando de entender qué es exactamente lo que habrías esperado de mí. ―Sus cejas se disparan hacia arriba ante mi comentario, y sé que él me ha escuchado. Mi declaración es en tiempo pasado. Ahora sabe que de ninguna manera aceptaré su disposición egoísta.
Se sienta frente a mí, con sus ojos en los míos.
―¿Reglas? ―Suspira tentativamente, y yo asiento con la cabeza para que ponga manos a la obra―. Necesito la monogamia. Necesito confidencialidad con mi reputación porque mi familia es muy importante para mí. ―Hace una pausa mirando profundamente hacia mí, midiendo para ver si debe continuar.
―¿Qué más?
Respira profundamente.
―Necesito una buena higiene, que sea saludable, libre de drogas y enfermedades de transmisión sexual. Control de la natalidad es un factor decisivo ya que como te he dicho, sin niños por ahora y nunca van a ser una opción para mí o para mi futuro.
Se detiene y no estoy segura de si realmente lo hace, o simplemente está pensando más allá de sus necesidades. Irónicamente, no creo que sus demandas sean del todo extrañas. Quiero decir que me parece un poco mucho para negociar en una primera cita con alguien, pero si tuviera que estar en una relación comprometida con alguien, estas son las cosas que me gustaría saber. Pero, de nuevo, una relación estable conmigo debe tener la promesa de un futuro, el elemento de dar y dejar, y la progresión de los sentimientos en el amor.
―Así que... ¡Guau! ―digo teniendo un momento―. Esa es una muy larga lista de requisitos. ¿Hay algo más?
―Unos pocos ―admite―, pero creo que hemos agotado el tema, ¿no?
Me acepto a mí misma, pero ya me he adentrado hasta aquí, también podría obtener las respuestas que quiero de él. Ignoro su declaración y continúo de todos modos.
―Oh, debes estar dispuesto a pasar por alto la parte en la que tienen su momento Pretty Woman y dejas el dinero en la mesa de noche después de haber tenido tu cosa con ella. ―Sus ojos saltan de nuevo a los míos y sé que le he figurativamente dado el clavo en la cabeza―. Quiero decir, todo esto es en tus términos. Déjame adivinar, ¿en realidad no duermes con ella porque es muy íntimo? ¿O le compras ropa y presumes de ella en medio de tu cama y poco sabes que te está utilizando para promover su carrera como modelo en ciernes? ¿Qué es exactamente lo que está saliendo de esto, Ace, además de un polvo rápido con un pinchazo garantizado? Y no estoy hablando de la de tus pantalones.
Mi estómago está un poco mareado de repente, y me doy cuenta de que no quiero saber estos detalles. No quiero saber cuáles son las normas y reglamentos que alguna fulana acepta, cuáles son los factores que tiene que respetar, o con qué favores sexuales debe estar de acuerdo para poder dormir con él y ser vista de su brazo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario