miércoles, 16 de julio de 2014

CAPITULO VEINTIOCHO

Muevo los pies, diciéndome a mí misma que no voy a llorar delante de él. No le daré la satisfacción de saber el efecto que ya tiene en mí a pesar del poco tiempo que nos conocemos.
Suspirando profundamente, me dispongo a hacer mi salida obvia ahora que estoy repentinamente incómoda aquí. Cuando sé que lo puedo enfrentar, miro de nuevo para a ver Pedro delante de mí tirando su camisa sobre su cabeza. Cuando el cuello de ella suelta su rostro, tira la camisa en el sofá sin mirarla. Sus ojos se centran por completo en mí, con la mandíbula apretada, sus manos inquietas como si estuviera con ganas de tocarme. La intensidad de su mirada me roba el aliento.
Ahora me toca a mí decirlo. ¿Qué demonios? Estoy totalmente confundida. El Dr. Jekyll se ha convertido en Mr. Hyde y está haciendo una repetición. En un momento creo que está pidiendo disculpas por traerme a casa con él porque quiere dar marcha atrás, y al siguiente está deliciosamente desnudo de la cintura para arriba, mirándome como si me fuera a devorar sin parar ni respirar.
Salgo de su mirada y corro mis ojos a lo largo de su cuerpo. Su torso se flexiona bajo mi lectura perezosa. Sus vaqueros cuelgan bajos en sus caderas, la V de sus músculos sumergiéndose bajo el jean. Me encuentro a mí misma pensando en cómo quiero saborearlo allí. Cómo quiero pasar mis labios a lo largo de ese cerro de músculos para arrastrarme hasta el final de ese triángulo invertido. Cómo quiero llevarlo a mi boca, tentarlo con mi lengua, y hacerle perder todo el control. El dolor en mi cuerpo surge, pulsa y pica por ser saciado.
―¿Tienes alguna idea de lo que me haces? ―pregunta en voz baja. Levanto los ojos de su cuerpo para encontrarme con los suyos. Las emociones no expresadas en sus ojos chocan contra mí, me envuelven y me dan miedo a la vez―. No lo haces, ¿verdad?
Niego con la cabeza, tomando mi labio inferior entre los dientes. Sólo sé lo que él me hace a mí. El poder que tiene sobre mí para hacerme sentir de nuevo. Para hacerme olvidar. Cómo su toque único puede calmar las dudas en mi cabeza.
Da un paso lento hacia mí.

―Estás ahí, con esa mirada inocente en esos impresionantes ojos violeta. Con el pelo en una cascada a tu alrededor, como el de un hada. Y esos labios... hmmm, Dios... esos labios sexy que se inflaman y se ponen tan suaves después de ser besados. Sueño con tus labios ―sus palabras se envuelven alrededor de mí, una seducción lenta para mis oídos. Da un paso más cerca, llegando a tomar mi mano en la suya―. Tu rostro muestra vulnerabilidad, Paula pero, ¿tu cuerpo? ¿Tus curvas? Gritan pecado. Hacen agua mi boca por probarlas de nuevo. Evocan pensamientos en mí que estoy seguro que te harían sonrojar ―se moja el labio inferior con la lengua―. Las cosas que quiero hacerle a ese cuerpo tuyo, cariño.
Inspiro bruscamente, la cruda honestidad de sus palabras desnudándome. Fascinándome. Envalentonándome. Creando otra grieta en la armadura de protección de mi corazón.
―Me haces necesitar, Paula ―susurra con voz ronca mientras toma un paso más cerca de mí. Piel de gallina corre por mis brazos cuando extiende una mano y la dirige hasta el flanco de mi torso, deteniéndola ahí casualmente, de modo que el pulgar pueda cepillarme sobre la parte inferior del pecho. Yo respondo de inmediato a su toque, mi pezón irguiéndose con la excitación. Se inclina hacia mí, su cara tan cerca de la mía que puedo ver las manchas oscuras flotando en el verde traslúcido de su iris. Que puedo ver los sentimientos no expresados entre sus palabras―. Y yo no nunca necesito nada de nadie.
Su admisión es como un fósforo para mi gasolina. Sus palabras incendiarias golpean esa pequeña parte de mí en el fondo que esperaba que pudiera haber más aquí. Lo miro a los ojos, recordando comentarios al azar de nuestro tiempo juntos, y me atrevo a pensar en las posibilidades. Él me ha ablandado, me ha derrumbado y ha edificado arriba, todo en un mismo espacio de tiempo.
―¿Pedro? ―mi voz renuncia, llena de emoción―. Yo... Pedro…
Nunca termino mi pensamiento porque me da un tirón hacia él y aplasta su boca en la mía. Todo el flirteo ocioso de la noche estalla entre nosotros en un torrente de búsqueda entre labios y manos, a tientas. La urgencia es palpable. Nuestra necesidad de sentir la piel del otro es primordial. Pedro libera su agarre en mis caderas y agarra el borde de mi suéter, tirando de él, y sólo rompiendo nuestro
beso cuando lo pasa por encima de mi cabeza. Lo lanza al suelo mientras su boca bloquea de nuevo a la mía. Hambre. Eso es a lo que su beso sabe. A lo que sus manos se sienten en mi cuerpo. Lo que siento yo por dentro. Quiero cada centímetro de él y algo más. Quiero perderme en él, perderme en las sensaciones, y sentirme abrumada por su solo tacto.―Cristo, Paula... ―se aleja de mí, nuestros pechos jadeantes contra el del otro, nuestros corazones golpeando a un ritmo frenético. Él ahueca mi cara entre sus manos, la mirada de sus ojos oscuros me dice que entiende. Que también siente el hambre―. Me has desnudado, Paula. Te has burlando de mí toda la noche. Ya. No. Tengo. Ningún. Control. ―Aprieta sus ojos cerrados mientras siento su pulsante polla contra mi vientre―. No creo que pueda ser suave, Paula…
―Entonces no lo seas ―le susurro, mis propias palabras me sorprenden. Ya no quiero ser tratada como el cristal. Como lo hizo Max. Quiero sentir la violenta pasión bañándome mientras me toma con un abandono imprudente. Quiero que me domine así podré surgir y desplomarme sin pensar en otra cosa.
Sus ojos se amplían ante mis palabras, un suspiro gutural sale de su garganta, y entonces él está contra mí, hundiéndonos en un beso devorador. La desesperación pulsa entre nosotros. Él me empuja hacia atrás, nuestras piernas enredándose entre sí, con las manos agarrando cada centímetro de piel expuesta que podemos encontrar. Mi parte trasera choca contra el borde duro del granito en la isla de la cocina; las manos de Pedro andan a tientas por mis jeans. Los empuja hacia abajo sobre mis caderas y fácilmente me eleva sobre el mostrador.
El frío de la losa de granito pica en la piel desnuda de mi zona caliente, añadiendo una nueva dimensión a las sensaciones en mi sexo. Pedro tira de mis jeans y bragas fuera de mis pies y luego separa mis rodillas. Da un paso hacia mí, apretando entre mis piernas mientras lleva su boca de nuevo a la mía. Sus manos corren por mi pecho, ahuecando mis senos a través del fino encaje de mi sujetador antes de continuar su descenso hasta el vértice entre mis muslos. Pasa un dedo sobre mi hendidura antes de deslizarlo por los bordes para encontrarme mojada y con ganas.

―Oh, Paula... ―susurra mientras desliza el dedo hacia arriba y hacia atrás, recubriéndome con mi propia humedad y mi placer al mismo tiempo. Su otra mano hurgó en el botón de sus vaqueros. Miró hacia abajo para ver su tormento, su burla en mi sexo y luego llevó sus labios hacia los míos―. Quiero sentirte en mí, Paula. Sin nada entre nosotros ―murmura su boca contra la mía. Sus palabras profundizan el dolor en el que me ahoga―. ¿Puedes confiar en mí cuando te digo que me he hecho la prueba? Que yo siempre uso protección. Nunca he tenido relaciones sexuales sin ella. Que estoy limpio. ―Me besa de nuevo, su lengua se desliza entre mis labios, lamiendo, degustando, tentando―. Dios, tan sólo quiero sentirte.―Sí. Yo también. Por favor… ―suspiro cuando desliza un dedo dentro de mí, mi mente no puede formar una frase coherente―. En la píldora... sí... Confío en ti ―jadeo, mientras su dedo hace círculos dentro de mí.
―Échate hacia atrás ―ordena mientras se libera de sus vaqueros y agarra mis piernas justo por debajo de las rodillas dobladas, levantándolas.
La piedra fría en mi espalda me hace arquearme en el mismo momento en que me separa y se presiona dentro de mí.
Grito ante la abrumadora sensación de su invasión y la repentina plenitud por él. Se queda quieto, enterrado por completo dentro de mí, lo que permite que el placer/dolor que siento disminuya mientras mi cuerpo se estira y se ajusta a él.
―Oh mierda, Paula ―gruñe. Podía ver su control deslizarse lejos de él. Sus ojos resplandecen sobre mi cuerpo y a la altura de mis ojos. Puedo ver los músculos de su torso tensarse, aprieta la mandíbula y sus ojos se ponen vidriosos, loco de necesidad en su intento de refrenarse―. Te sientes tan malditamente bien envuelta alrededor de mí. Como terciopelo agarrándome.
Yo suspiro mientras él se impulsa dentro de mí, su control agotado.
―¡Sí, Paula, sí! ―grito mientras sale y se golpea de nuevo en mí. Olas de sensaciones corren a través de mí cuando él agarra mis caderas y me atrae hacia él para que mi trasero se apoye fuera del borde del mostrador. Establece un ritmo castigador, metiéndose de nuevo en mí, una y otra vez. Sin romper el ritmo, inclina el torso sobre mí y une sus manos con las mías, tirando de ellas por encima de mi cabeza. Las mantiene allí con una mano mientras la otra se desliza hacia abajo para apretar mi pecho. Sus dedos ruedan mi pezón entre ellos, y se traga el gemido que incita de mí cuando captura mi boca de nuevo.
La casa se llena con nada más que el sonido de nuestra carne resbaladiza golpeándose una contra otra, nuestras respiraciones jadeantes, nuestras súplicas apasionadas y los gritos de éxtasis. Puedo sentir la oleada dentro de mí, mi canal apretándose a su alrededor mientras él sigue entrando y saliendo, cada centímetro de su hierro duro pegándole a cada uno de mis nervios. Pero también puedo ver a un hombre a punto de perder el control y buscar la liberación cuando Pedro deja ir mis manos y él mismo se apoya sobre los codos, cerniéndose sobre mí. La mete una última vez antes de que él grite mi nombre y de repente salga de mí.
Mi cuerpo se aprieta ante el vacío inesperado que siento mientras Pedro entierra su cabeza en mi pecho y su cuerpo se convulsiona con su clímax.
¿En su mano? Estoy confundida. Gime por el placer violento que está disparándose a través de su cuerpo. Puedo sentir la tensión saliendo de su cuerpo y la cálida caricia de sus labios en mi piel desnuda. Su toque hace que mi cuerpo se retuerza mientras mis nervios hormiguean con la pérdida de mi orgasmo anticipado.
Puedo sentir su sonrisa contra mi abdomen y como si él pudiera oír mis pensamientos, murmura:
―Quiero que te vengas para mí, Paula. Quiero ver lo dulce que sabes.
¡Oh! Mi mente procesa la razón de su repentina retirada. Su boca. En mí.
―Pedro…
―Shh-shh-shh ―susurra en mi oído, sus labios rozando el punto sensible justo debajo de mi lóbulo. Arqueo mi cabeza hacia atrás, raspando las uñas en su espalda. Él susurra ante mi tacto mientras pone una fila de besos en mi cuello y alrededor de la otra oreja―. Te has burlando toda la noche, Paula ―raspa su voz, ronca por el deseo―. Ahora es mi turno de devolverte el favor.

Un escalofrío me recorre la espalda y no tiene nada que ver con el frío granito en el que estoy.
Pedro flanquea mi cuerpo, pero siento su mano extenderse y lo escucho arrugar una bolsa más allá de mi cabeza. Vuelvo la cabeza para ver lo que está haciendo y la otra mano de Pedro sostiene firme mi mandíbula.
―Uh-uh-uh ―advierte―. Mantén la cabeza quieta. No me gustaría que arruinaras la sorpresa.
―¿Pedro? ―arrugo mi frente, curiosa por lo que esté hablando a pesar de mi cuerpo está en estado de alerta con sus palabras. No soy exactamente buena con las sorpresas en un día normal y sobre todo no cuando estoy aquí desnuda, expuesta y vulnerable.
Él se ríe, profundamente y sexy.
―Eso va a ser difícil para ti, ¿no es así? ―Cuando no respondo, se levanta sobre un codo y me mira por un momento―. Creo que es hora de que dejes de pensar, Paula. Deja de tratar de averiguar lo que está diez pasos adelante, porque recién estamos empezando. ―Aprieta un casto beso en mis labios―. Quédate aquí, Paula. No te muevas. ¿Entendido?
El tono autoritario de su voz me excita. Su razonamiento detrás de esto me inquieta. Su peso se despega de mí, y lo puedo oír salir de la cocina. Un cajón se abre y se cierra. Aprehensión me llena. Para la chica despreocupada dentro de mí que se muere por salir, la anticipación es una sensación emocionante. Para la loca del control en mí, la inquietud no es bienvenida. ¿Confío en él? Sí. Sin duda. ¿Por qué? No estoy segura, y eso solo me asusta como la mierda.
Lo oigo regresar a la cocina, y se inclina sobre mí, una sonrisa lasciva encrespa las comisuras de sus labios.
―¿Sabes lo hermosa que te ves ahora? ―Yo no respondo sino que me muerdo el labio mientras siento sus dedos de repente en mi hendidura. Me apartan y poco a poco se arrastran de arriba a abajo. Pequeños susurros me dejan arqueándome para encontrarme con su contacto. Inmediatamente saca su mano.

―Pedro…
―Uh-uh, Paula ―bromea―. Yo estoy al mando. Justo aquí y justo ahora. ―Mis párpados revolotean cuando miro a sus ojos. Mi corazón martillea en mi pecho ante sus palabras. Mis pezones se contraen ante la idea. El miedo tiñe los bordes de mi bruma Pedro-inducida. La entrega de mi control a otra persona es una idea desconcertante. Someterse sin pensarlo aún más―. Deja de pensar, nena ―susurra mientras pone mis manos por encima de mi cabeza―. Quiero tener todo el control de ti para que lo único que tu mente pueda hacer sea sentir. No eres capaz de pensar en cinco pasos adelante cuando no eres la única haciendo los movimientos ahora, ¿verdad?
¡Oh mierda! ¿Qué está…?
Mis pensamientos se borran cuando aplasta su boca en la mía. Muevo las manos y él se ríe dentro de nuestro beso.
―Lo siento, cariño ―murmura―. Vas a aprender que a veces, no tener el control es muy liberador. ―Recorre algo alrededor de mis muñecas y las une en un nudo a la llave de agua en el otro extremo de la isla. Cuando puedo registrar lo que ha hecho, empiezo a darme cuenta de lo practicado que ese movimiento fue y cuántas veces lo ha hecho; mi mundo se vuelve negro cuando él desliza una venda en mis ojos. Me quedo sin aliento por la sorpresa. Por la emoción―. Es hora de que tomes tu propio consejo, Paula.
¿Qué? ¿Cuándo se me ocurrió decirle que me atara y se aprovechara de mí?
―Me dijiste que cerrara los ojos y que me inclinara ante el torbellino. Que aumentara las sensaciones. ―La yema de su pulgar traza el contorno de mis labios.
¡Oh, mierda! Yo y mi gran bocota.
Algo corre suave pero ligeramente grueso sobre mi estómago y mi torso hasta dar la vuelta alrededor de mis pezones. Aspiro bruscamente cuando lo que él tiene me roza ligeramente debajo de la parte superior de mis piernas y luego por una parte interna del muslo y por el otro. Mi sexo se aprieta ante el susurro de su toque, desesperada por algo que me ayude a aliviar el dolor de mi vejiga. Lo único que
toca mi cuerpo es este objeto. El único sonido que escucho es mi propia respiración. La expectación que crea en mí es profunda, mientras continúa su lenta tortura, atormentando mis sentidos.
Nunca he necesitado el toque de un hombre en mi vida tanto como lo necesito a él en este momento. Mi siguiente pensamiento es sólo cuando sigue. No hay nada que hacer más que centrarse en las sensaciones. Tengo los nervios de punta, esperando el contacto con mi cuerpo. Ha conseguido que me olvide de lo que pasará en diez pasos, sino que me deleito con el paso en el que me encuentro. He perdido todo sentido de lo que me rodeaba. Nada existe en este momento, excepto él, mi desesperación por su toque y el deseo de mi cuerpo por la liberación.
Pedro está absolutamente silencioso excepto por las brisas apenas audibles de aire que escucho escapar de su boca en respuesta a la reacción de mi cuerpo ante el delicioso tormento de su sensual privación sensorial.
Pedro para la presión en mi pecho derecho y antes de que pueda posicionar la sensación, me toca por primera vez capturando mi pezón en su boca. Sacudo mis caderas salvajemente ante el calor de su boca en mi capullo sensible.
―¡Pedro! clamo, tirando de mis manos contra mis ataduras, con ganas de tocarlo. Queriendo enhebrar mis dedos en su pelo y sostenerlo en mi contra.
Él tira de mi pezón suavemente con sus dientes y la calidez de su boca se ha ido sólo para volver a sentirlo en su compañera. Siento el extraño objeto dando vueltas alrededor de mi pecho antes de que su boca se cierre sobre él de nuevo. Él se queja en voz baja.
―Sabroso ―murmura contra mí, y entonces que me doy cuenta de que recuerdo el comentario de antes. Me está tomando el pelo con lo del algodón de azúcar.
Empiezo a hablar y me detengo cuando su boca se cierra sobre la mía otra vez, el sabor azucarado dulce en su lengua. Es un suave y tierno beso. Una gradual relajación de sus labios y lengua que carecen de urgencia pero aún gritan de simple desesperación. Sus labios se desplazan por mi cuello expuesto y hacia su parte posterior, mordiendo mi lóbulo de la oreja. Una tortura lenta y bienvenida que me está haciendo quererlo como nunca antes.

Puedo sentir el algodón de azúcar moviéndose lentamente por mi torso hacia mi sexo. El dulce deja mi piel, y siento sus dedos explorándome, acariciando mis pliegues, y el juego vuelve a mi cuerpo adicto a su toque. Jadeo en nuestro beso y Pedro absorbe mi voraz gemido de deseo. Hábilmente se burla de mí con dedos diestros, y yo empujo mi pelvis contra su mano, con ganas de más. Necesitada de la fricción que me pondrá más cerca del borde.
Silbo un suspiro cuando me separa, deslizando lentamente un dedo en mi interior. Calor destella a través de mí mientras siento que mis músculos se contraen a su alrededor, apretándolo mientras el fuego quema a través de mis venas. Él me ahueca, meciendo tranquilamente la mano mientras el pulgar encuentra y estimula mi nudo de terminaciones nerviosas. Retira el dedo y luego mete lentamente dos en mí. Los curva, frotándose contra el punto sensible en mi interior, sus dedos y lengua imitando al otro mientras intensifica su ritmo. Mis manos se hacen puños dentro de mis ataduras, mis uñas en mis palmas, mientras él acelera el ritmo.
Estoy tan gloriosamente cerca de estrellarme en el olvido y luego, de repente, ya no lo estoy. Pedro ha retirado todo contacto de mí. Grito su nombre en señal de frustración. En desesperación. Oigo el ruido de su risa baja.
―Todavía no, cariño. Jugaremos según un cambio radical ―me canta al oído―. Quiero volverte tan loca como tú me vuelves a mí ―siento una suave cosquilla en mis labios y los abro, aceptando el dulce bocado de algodón de azúcar en la lengua―. Quiero llevarte a la cima, Paula. Llevarte al borde para que tu único pensamiento sea sobre mí. Para que grites mi nombre cuando tu cuerpo estalle en mil astillas de placer.
Sus palabras me hipnotizan. Me seducen. Y sin una pizca de advertencia sobre lo que se viene, la boca de Pedro se cierra sobre mi clítoris mientras él desliza dos dedos de nuevo en mí.
Clamo inarticuladamente ante el exquisito placer que se impulsa a través de mí. Chupa, burlándose de mí con suavidad hasta que mis piernas se tensan en impaciencia. Sus dedos se presionan lentamente dentro y fuera de mi canal, frotando, burlándose, y urgiéndome más alto. Levanto mis caderas hacia él, tambaleándome por su manipulación lánguida, pero todavía con ganas de más.

Jadeo necesitada y luego gimo en éxtasis mientras siento el principio vivificante construyéndose de nuevo bajo su toque experto. Estoy tan cerca. A poco de mi clímax.
Bruscamente, Pedro retira su boca. Sus dedos se mantienen, sin embargo, permaneciendo inmóviles dentro de mí.
¡Maldito sea! Mi pecho se levanta entonces por aire mientras mi cuerpo se queda apretado, esperando el más mínimo movimiento que me pusiera en marcha.
―Niña codiciosa ―amonesta, su aliento susurrando sobre mi carne resbaladiza―. Voy a tener que rectificar esto ―y antes de que pueda terminar su última palabra, él retira los dedos y se golpea en mí, enterrándose hasta la empuñadura en mi profundidad climatizada.
―¡Oh Dios, Pedro! ―La plenitud repentina, su inesperado golpe contra mi botón de nervios interiores, me retuerce contra la losa de granito.
Pedro sale de mí poco a poco antes de zambullirse de nuevo. Él sigue con esta retirada lenta seguida de su codicioso viaje de regreso adentro, marcando un ritmo delirante que me empuja hacia el borde.
―¡Córrete para mí, Paula! ―me gruñe.
Sus palabras son mi perdición. Mi respiración se acelera. Mi pulso se acelera. Mis músculos se tensan. Mis caderas se muelen con las de él, profundizando el dolor que me quema hasta que me empuja sobre el borde. Exploto como un petardo. Detonaciones de pequeñas luces estallan detrás de mis párpados cerrados y revoloteos de calor al rojo atraviesan mi cuerpo.
Las sensaciones se rompen alrededor de mí mientras la primera ola de mi orgasmo explota. Grito, todos mis pensamientos incoherentes mientras pulso a su alrededor. Él se queda quieto, permitiéndome absorber la intensidad de mi clímax. Libero la respiración que he estado conteniendo, mis músculos tensos relajándose lentamente antes de que una nueva ola se estremezca a través de mí.
Esta ola es más de lo él que puede soportar. Mis músculos ordeñan el orgasmo de él. Se levanta de nuevo y se empuja dentro de mí un par de veces más, mi cuerpo
sujetando al suyo. Él grita mi nombre, su propio clímax rasga a través de él, y sus caderas se mueven de un tirón en mi contra hasta que puedo sentir su calidez explotando dentro de mí.
Se desploma sobre mí, presionando su cara en la curva de mi cuello. Nuestros pechos se elevan desigualmente al unísono, y puedo sentir sus labios formando una sonrisa. Mi respiración se estremece cuando exhalo, el latir frenético de mi corazón comienza a disminuir. Eso fue... ¡Wow!
Voy a quitarme la venda de los ojos cuando recuerdo que mis manos están atadas.
Me muevo por debajo de él. Se ríe en mi cuello, la vibración de la misma se filtra en mi pecho.
―¿Supongo que quieres que libere tus manos?
―Mmm-hmmm. ―No creo que pueda decirlo. Mi cuerpo todavía está procesando lo que acaba de ocurrir.
Él se levanta y puedo sentir sus manos tirando de mis ataduras. Cuando libera una de mis manos, busco y quito la venda, mis ojos fácilmente ajustándose a la luz tenue en la cocina. La cara de Pedro está por encima de mí, la concentración grabada en ella mientras trabaja para liberar la otra mano de los nudos. Veo sus líneas relajarse cuando mi otra mano es liberada de lo que parece ser un tipo de cuerda de terciopelo de trenzada.
Llego a pasar mis manos sobre sus mejillas mientras me mira, quitando un errático mechón de pelo que cae sobre su frente. Una tímida sonrisa ilumina su rostro. Levanto la cabeza y cepillo un suave beso en sus labios, la única manera en que puedo expresar lo que siento, lo mucho que ha significado para mí lo que acaba de pasar, sin mandarlo a correr por las colinas.
Pongo mi cabeza hacia abajo mientras los ojos de Pedro aún permanecen cerrados, las comisuras de su boca todavía suaves en una sonrisa. Sacude la cabeza sutilmente antes de abrir los ojos y aliviar su peso de encima de mí.
―Vamos ―dice, tirando de mí por mis brazos―. Esto no puede ser muy cómodo para ti.

Me siento en un lado de la barra, de repente modesta en mi desnudez. Miro alrededor por mi ropa mientras Pedro tironea de sus vaqueros a lo largo de sus caderas desnudas. Paso mis brazos a través de los tirantes de mi sujetador mientras lo veo abotonar los cuatro primeros botones, dejando el de la parte superior suelto. Tengo que reprimir un suspiro mientras lo miro desnudo de la cintura para arriba, en la apreciación pura de su físico tonificado.
Engancho mi sujetador y arrastro mi camisa sobre mi cabeza, temiendo el estado de mi pelo despeinado. Empiezo a correr mis dedos a través de él, pero paro cuando cojo algo más que un vistazo de los tatuajes que cubren el lado de su torso. Nunca he sido realmente capaz de ver la totalidad de ellos, así que me tomo un momento para mirar.
Cuatro símbolos se alinean verticalmente por su lado, todos son similares en su estilo, pero diferentes en su imagen. Las tres primeras imágenes son sólidas en su color, la tinta las rellena completamente, mientras que el cuarto es solo un bosquejo. Angulo mi cabeza, tratando de averiguar qué es exactamente lo que veo, cuando Pedro mira hacia arriba y nota mi mirada inquisitiva.

GRACIAS!

2 comentarios: