viernes, 30 de mayo de 2014

CAPITULO UNO

Suspiro en el acogedor silencio, agradecida por la oportunidad de escapar, aunque sólo sea momentáneamente, de las conversaciones sin sentido al otro lado de la puerta. Para todos los efectos, las personas que tienen esas conversaciones son técnicamente mis invitados, pero eso no significa que me gusten o incluso que esté a gusto con ellos. Afortunadamente, Dane era lo suficientemente comprensivo con mi necesidad de un indulto ya que me dejó hacer esta sencilla tarea por él.
El sonido de mis tacones altos es el único otro sonido conviviendo con mis categóricamente dispersos pensamientos mientras navego por los pasillos vacíos del backstage del antiguo teatro que alquilé para el evento de esta noche.
Rápidamente llego al viejo vestidor y recojo las listas que Dane había puesto y olvidado en nuestra caótica carrera de limpieza pre-fiesta. Mientras empiezo a regresar hacia las festividades, corro por mi lista mental de cosas por hacer antes del inicio de la esperada subasta de citas de esta noche. El nudo en el fondo de mi mente me dice que estoy olvidando algo. Reflexivamente llevo la mano a donde está mi celular con la lista de tareas siempre recopiladas, pero en cambio termino con un puñado de tela de organza de seda de mi vestido de cóctel.
―Mierda ―murmuro mientras me detengo un momento para tratar de determinar qué es exactamente lo que estoy perdiendo. Me recargo contra la pared, la blusa acanalada del vestido obstaculiza mi necesidad de inhalar profundamente un suspiro de frustración. Aunque parezca increíble el maldito vestido debía haber venido con una etiqueta de advertencia: “Respirar es opcional”.
¡Piensa, Paula, piensa! Con mis omóplatos presionados contra la pared, me muevo hacia atrás y hacia adelante poco elegantemente para tratar de aliviar la presión sobre los dedos de mis pies, que están dolorosamente apretujados en mis tacones de diez centímetros.
¡Paletas de subasta! Necesito las paletas de subasta. Sonrío ampliamente por la capacidad de mi cerebro de recordar, teniendo en cuenta que he estado tan abrumada últimamente con todos los diversos detalles como la única coordinadora del evento de esta noche. Aliviada, me empujo fuera del muro y doy unos diez pasos.
Y es entonces cuando los oigo.
La coqueta risita femenina flota en el aire, seguida por el profundo gemido masculino como madera. Me congelo al instante, sorprendida por la audacia de los asistentes a nuestra fiesta, cuando oigo el sonido inconfundible de un cierre abriéndose seguido por un familiar grito femenino sin aliento de “¡Oh, sí!” en la habitación oscura a unos metros delante de mí. A medida que mis ojos se acostumbran a la penumbra, me doy cuenta de que el esmoquin negro de un hombre yace descuidadamente en una silla vieja toda torcida y un par de tacones de tiras están tirados en el piso debajo de ellos.
La mortificación me llena al pensar en que se den cuenta que estoy aquí. Que me escuchen. Por mi curiosidad por saber quién es en realidad lo suficientemente valiente como para hacer algo como esto. Por cómo ni en un millón de años tendría que estar yo en esa alcoba. No podrían pagarme suficiente dinero como para hacer algo así en público.
Mis pensamientos son interrumpidos cuando oigo un silbido de aire seguido de una masculina exhalación:
―¡Dulce Jesús!
Cierro los ojos en un momento de indecisión. Realmente necesito las paletas de subasta que están en el armario de almacenamiento al final del pasillo. Por desgracia, la única manera de llegar a ese pasillo es pasando por la habitación que actualmente se utiliza como Nido de Amor. No tengo más remedio que ir a buscarlas. Envío una silenciosa y absurda oración, con la esperanza de poder pasar desapercibida en su momento de flagrante indiscreción.
Me escabullo hacia adelante, manteniendo mi cara ruborizada en ángulo con la pared frente a ellos mientras camino sobre los dedos de mis pies para evitar que mis tacones hagan ruido sobre el piso de madera. Lo último que necesito ahora es atraer atención hacia mí y encontrarme cara a cara con alguien que conozca. Doy un silencioso suspiro de alivio cuando mis clandestinas puntillas tienen éxito, permitiéndome acercarme a mi destino.
Aún estoy tratando de identificar la voz de la mujer cuando llego al armario de almacenamiento. Busco a tientas la manija, teniendo que tirar de forma agresiva de ella antes de que finalmente se abra y encendiendo la luz Veo la bolsa de paletas de subastas dentro del armario, olvidando en mi estado nervioso el sostener la puerta abierta. Mientras agarro las asas de la bolsa, la puerta se cierra de golpe a mis espaldas haciendo que las baratas estanterías del armario suenen. Sorprendida, me giro de vuelta para abrir la puerta y me doy cuenta de que la puerta no abre desde el interior.
Inmediatamente se me cae la bolsa. El sonido de las paletas golpeando el piso de concreto y derramándose es una cacofonía de ruidos en el pequeño espacio. Muevo la manija, le doy vuelta, pero la puerta no se mueve ni un centímetro. El pánico golpea a mi subconsciente, pero lo reprimo empujando de nuevo la puerta con todas mis fuerzas.
No se mueve.
―¡Mierda! ―me castigo a mí misma―. ¡Mierda, mierda, mierda! ―murmuro en voz alta antes de tomar una respiración profunda, moviendo la cabeza con frustración. Tengo mucho que hacer antes de que comience la subasta. No tengo tiempo para esto.
Y por supuesto no tengo mi celular para llamar a Dane para que saque de aquí tampoco.
Es ahí cuando cierro los ojos con incredulidad ante otra situación ridícula en la que me encuentro, y es cuando mi Némesis hace su movimiento. Los largos dedos de la claustrofobia lentamente comienzan a arañar su camino hasta mi cuerpo y se envuelven alrededor de mi garganta.
Exprimiéndola. Atormentándola. Ahogándome.
Las paredes de la pequeña habitación parecen estar deslizándose poco a poco más cerca la una a la otra, cerrándose a mi alrededor. Asfixiándome. Me cuesta respirar.
Mi corazón late irregularmente mientras empujo de nuevo el pánico creciente fuera de mi garganta. Mi respiración es superficial y hace un rápido eco en mis oídos. Me consume. Minando mi capacidad de reprimir los recuerdos.
Golpeo la puerta, el miedo abrumador consumiendo lo poco que me queda de control. De realidad. El sudor corre por mi espalda. Las paredes siguen cerrándose sobre mí. La necesidad de escapar es lo único en lo que mi mente se puede enfocar. Golpeo la puerta de nuevo, gritando frenéticamente. Con la esperanza de que alguien que pase por estos corredores pueda oírme.
Inclino mi espalda contra la pared, cierro los ojos y trato de recuperar el aliento, que sale tan rápido y superficial que me mareo. El mareo se convierte en náuseas, empiezo a deslizarme por la pared y golpeo accidentalmente el interruptor de la luz. Me sumerjo en la total oscuridad. Grito, buscando frenéticamente el interruptor con mis temblorosas manos. Lo encuentro, aliviada de haber empujado a los monstruos de nuevo a la clandestinidad.
Pero cuando miro hacia abajo, la sangre cubre mis manos. Parpadeo para tratar de romper mi ensueño, pero no puedo sacudírmelo. Estoy en un lugar diferente. En un tiempo diferente. A mi alrededor, huelo el olor acre de la destrucción. De la desesperación. De la muerte.
En mis oídos, su respiración está agonizando. Él está jadeando. Muriendo. Siento el dolor intenso y ardiente que se retuerce en lo profundo de su alma, que teme nunca escapar de él. Incluso en la muerte. Son mis propios gritos los que oigo en mi ensueño, y estoy tan desorientada que no estoy segura de si son del pasado o del presente.
¡Contrólate, Paula! Me limpio las lágrimas de mis mejillas con el dorso de las manos y recurro a mi año de terapia para tratar de mantener a raya mi claustrofobia. Me concentro en una marca en la pared frente a mí, tratando de regular mi respiración y de contar lentamente. Me concentro en empujar las paredes hacia afuera. En empujar los recuerdos insoportables lejos.
Cuento hasta diez, ganando un poco de compostura, pero la desesperación todavía se aferra. Sé que Dane vendrá a buscarme en breve. Él sabe dónde estoy, pero la idea no hace nada para aliviar mi creciente pánico.
Finalmente, me entrego a la necesidad primordial de escapar y empezar a golpear la puerta con las palmas de mis manos. Gritando en voz alta. Maldiciendo esporádicamente. Pidiéndole a alguien que me escuche y que abra la puerta. Que alguien me salve de nuevo.
Los segundos se sienten como minutos y los minutos parecen horas. El paso del tiempo es desconocido para mí, pero me siento como si hubiera estado encerrada en este armario cada vez más pequeño por siempre. Infinitamente gritando por ayuda. Sintiéndome derrotada, grito una vez y descanso los antebrazos en la puerta delante de mí. Descansando mi peso sobre mis antebrazos, pongo mi cabeza en ellos y sucumbo a las lágrimas. Grandes sollozos me sacuden con violencia.
Y de repente tengo la sensación de caer.
De caer hacia adelante mientras me tropiezo con la sólida figura del hombre en mi camino. Envuelvo los brazos alrededor de un firme torso mientras mis piernas yacen torpemente dobladas detrás de mí. El hombre levanta instintivamente los brazos y los envuelve alrededor de mí, llamándome la atención, sosteniendo mi peso y absorbiendo el impacto.
Miro hacia arriba, rápidamente registrando la mata de pelo oscuro, la piel bronceada, la ligera sombra de la barba... y luego miro sus ojos. Una descarga de electricidad, una energía casi palpable crepita cuando me encuentro con esos iris verdes casi translúcidos. La sorpresa parpadea por ellos fugazmente, pero la intriga y la intensidad con la que me mira es desconcertante, a pesar de la reacción inmediata de mi cuerpo hacia él. Necesidades y deseos olvidados me inundan con esa sencilla mirada.
¿Cómo puede este hombre al que nunca he conocido hacerme olvidar el pánico y la desesperación que sentía pocos minutos antes?


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